Lo esperábamos, como cada jueves en la radio, con su paso cansino, sus ropas flameando en los pobres huesos que lo sostenían apenas. Con su mirada perdida en el aumento infinito de sus grandes lentes, su traje gris, su mente brillante, su prédica inmensamente franciscana.
Pero no vino...
Nos avisó que estaba lejos, que hoy no venía, estaba con Dios, hablando, le pidió audiencia sin saber a través de su ejemplo.
Se fue volviendo de a poquito un santo y de ahí a ser ángel le tomó un instante.
Anduvo por la tierra sembrando esperanzas a manos abiertas, le apoyó la mano al que lo necesitaba y le regaló su palabra a todos, sin detenerse en mezquindades.
Lo criticaron por estar al lado de los que menos tienen, por ser un apóstol a pesar de los nuevos tiempos, por decir las cosas sin miedos ni medidas, por elevar su voz ante los poderosos y arremeter como un quijote contra el egoísmo de un tiempo más entretenido en banalidades.
Solo Dios sabe donde estará, en que casa golpeando a la puerta para visitar un enfermo, en que capilla perdida del campo bautizando angelitos, en que rincón del mundo casando a los que se aman...
Solo Dios sabe donde andará por estas horas... con su voz ronca, hilvanando palabras de amor.
Seguramente mañana vuelve, lo vamos a ver otra vez subiendo la escalera, esperando en silencio que le abriéramos el micrófono para grabar su micro y entonces dialogar con el campo.
Y justo él que tanto pedía la lluvia para los amigos del campo... se fue un día de sol, se trepó a una estrella no sin mucho esfuerzo y se fue enredando en las constelaciones, titilando cariños, amalgamando en una alquimia mágica su sonrisa tímida y el brillo incandescente de un cielo inmensamente azul.
¿Qué par de alas te pondrán en tu cuerpo frágil de ángel a hurtadillas?
¿Qué nota dulce le arrancaras al arpa?
¿Qué nube de algodón te habrán asignando para que salgas a recorrer la eternidad?
¿Qué aureola de luz para cubrir tus cabellos grises?
Dicen que en el cielo hoy están de fiesta...
Llegó un santo... y sin poder gambetear esa humildad que lo persiguió toda una vida, dejó para mañana esa charla profunda con Dios.
Quizás ahora me doy cuenta que nos estuvo engañando todo el tiempo, que en realidad aunque se empecinó en parecerse a nosotros, no pudo disimular nunca sus alas.
Pícaro el padrecito nos hizo creer que era inmortal... que nunca nos abandonaría...
Pero se volvió luz y echo a volar las campanas.
Se volvió un destello en la eternidad... un relámpago dulce y necesario.
"Ya estoy preparado, el Señor me llama" fueron sus últimas palabras; ¡Pero que forma mas sencilla de pedir permiso para entrar al cielo!











